La sexualidad como emergente evolucionario: del instinto a la sensualidad


Es inevitable que nos topemos primero con un marco adecuado de tipo antropológico para explicar qué es lo específico y diferenciador del modo de reproducción animal que encontramos en el hombre, y si podemos seguir llamándolo animal. F.A. Beach dice (Patterns of Sexual Behavior, Harper & Brothers, New York1951) que

La sexualidad es un producto de la evolución del Homo sapiens. Es un emergente evolucionario. i.e.: representa un nuevo nivel de organización no encontrado en anteriores niveles, que envuelve un salto desde esos niveles y que no es predecible desde el conocimiento de las características o cualidades de estos niveles. Es un presentimiento que la sexualidad humana está tan poco relacionada con el comportamiento aparejador normal como el lenguaje humano con la comunicación animal[1]

La postura de Beach tiene algunas cosas importantes: la sexualidad humana, el hombre en general, es producto de la evolución, pero no en el sentido de causa-efecto, donde del efecto se puede deducir la causa y al contrario. La sexualidad humana es en cierta medida una continuación del modo reproductor animal pero a otro nivel, es una emergencia, no explicable sin embargo desde esos niveles anteriores, ni predecible. Sin ellos no se hubiera dado, pero no solo se reduce a ellos. Al hablar entonces de hombre y mujer no nos situamos en la misma esfera que al hablar de macho y hembra: en nuestra especie macho y hembra se presentan humanamente como hombre y mujer, lo que implica una configuración orgánica, especificadora de una práctica sexual reproductora necesaria para el equilibrio biológico del grupo. Con el hombre se da no sólo la esfera biológico-reproductora sino también, al modo de emergente, de la esfera psico-social, en cuanto codificación comportamental de auto-reconocimiento. Para Beach, el exitoso desarrollo de la identidad sexual implica tres requisitos:

  • el saber cómo comportarse de acuerdo con su papel sexual,
  • el querer comportarse así,
  • y el ser capaz de ejecutar los esquemas comportamentales adecuados. Esto es ya no-animal, es específicamente humano.

            Hay en la reproducción un hecho biológico básico: la recombinación genética. La conservación de la especie es recombinación y enriquecimiento, lo que implica una mejora en el patrimonio genético de la especie. Por eso, en la mayoría de los animales, los caracteres sexuales no se limitan a los órganos genitales, sino que abarcan también los llamados órganos sexuales secundarios (colores, olores, formas,…) que sirven de reguladores de la elección de la pareja por el efecto más o menos fuerte de atracción que ejercen sobre los candidatos del otro sexo al apareamiento. Así pues distingamos un primer nivel en el estudio de la sexualidad: la selección de la pareja. Ello es importante a dos niveles: por parte de las hembras, que buscan para su progenie la mayor protección y el mejor espacio vital; por parte de los machos que según su poder ejercerán el derecho en una zona más o menos amplia, de escoger las hembras. A nivel humano, esto opera de diferente manera: la selección biológica no es totalmente indiferente al orden social; por otro lado, la hembra desempeña un papel importante en la integración en este orden, y por último la madre es el centro de codificación social del grupo para socializar al niño[2].

            El asunto es complicado: se trata de explicar ciertas cosas sobre la sexualidad humana y que atañen por encima de todo a la psicología humana: como son el surgimiento de la afectividad, con todo lo que ello conlleva: que es la liberación del mecanismo instintivo de reproducción reducido a la cópula, apareciendo nuevos fenómenos: caricia, beso, etc…, la configuración de la familia humana, su ensamble monogámico (mayoritariamente, aunque no mundial), etc… La monogamia ciertamente es una posibilidad psico-social, y no pretendemos sea biológica. Sin embargo, siendo intelectualmente honrados, existen ciertos indicios que indican que aunque no sea natural es sin embargo lo mayoritariamente más beneficioso para el desarrollo de ese animal que llamamos hombre. Estamos en el paso del mono al hombre: la base social de este prehomínido se halla atravesada por dos funciones principales: defensa y adquisición de alimentos. Esto se da en un nuevo espacio enmarcado por el lenguaje articulado y la fabricación de utensilios, y por un cierto código de comportamiento que conlleva la división de funciones según el sexo: el macho se dedicará a la defensa/ofensa, y ello repercutirá en su estructura orgánica mientras la hembra inhibirá esas cualidades. De lo que en el animal es una señal (instinto) se pasa al símbolo en el hombre. Es el lenguaje humano en cuanto tal. Esto conlleva que

en la emergencia del Homo arrastramos un problema de afirmación vital (diversificado en una maximización/minimización según el sexo) asociado a una estructura objetival de comunicación, propiedad de una clase de poder[3]

En este sentido, la hembra se asimila a la mujer a través de dos dimensiones: por la necesidad de protección propia frente a eventuales agresores y para asegurar un mínimo de alimento en función de la zona de poder del macho; y como futura madre que, dado el estado de inmadurez natal del hijo, necesita el máximo de protección para su prole. Es preciso antes que nada, establecer la armonía entre los machos, disminuyendo todo lo posible la competencia sexual, para conseguir dos cosas: seguridad para la hembra y su prole, y seguridad para el grupo que es seguridad para todos y para el propio macho. Ello lleva a la monogamia como forma óptima de organización. Sin duda que a ello también fue propicio el que fuese la hembra, ya en los animales, la que tendiera a este tipo de unión y a su característica selectividad.

En todo esto es de una importancia excepcional la aparición del ciclo de menstruación[4] en la hembra. En los mamíferos se da algo análogo: el ciclo de celo o de estro, cuando se produce la ovulación, época durante la cual la hembra es fecundable: busca insistentemente y de forma selectiva determinados machos, al tiempo que ya se han producido modificaciones notables en la presentación del animal, siempre en función de su mundo perceptual (de lo que es significativo). Pero en la mujer hay diversos y fundamentales cambios: la menstruación acontece al final del ciclo, bastante días después de la ovulación: se pierde el fenómeno del celo y se distingue ya entre ritmo biológico y sexual. Importante consecuencia de ello es la continua disponibilidad sexual de la mujer, de manera que los días precedentes a la ovulación la mujer tiene sentimientos de bienestar, adquiere mayor actividad física y mental, y tendencias extrovertidas heterosexuales en el comportamiento. Entonces, las señales físicas típicas de disponibilidad sexual en la hembra formarán progresivamente parte de la presentación normal de la mujer, y acabará siendo medio de auto-apreciación de la mujer. Para empezar, el deseo se liberará del determinismo hormonal, y así el deseo de copular. El solo deseo provocará entonces reacciones que antes solo sucedían si se llegaba a la cópula solamente. Así el humedecimiento vaginal de la mujer. Este deseo liberado, ligado a la obtención de placer influye sin duda, en la búsqueda de una satisfacción estable y duradera, a la formación de la familia. Por otro lado, la mujer debe presentarse entonces atractiva al hombre por medio de la visión (engalanamiento), el tacto y la palabra, la comunicación personal. Este deseo-placer va a provocar, en la búsqueda de la estabilidad el surgimiento de eso que se va a llamar afectividad: es algo ya específicamente humano, que supone interioridad. Es la sexualidad a nivel psicológico, superador del biológico. Y la afectividad presupone el reconocimiento de la hembra por parte del macho y del macho por parte de la hembra: conciencia de sí y del otro van indisolublemente unidas. La afectividad emergería así como reflejo de la identidad del otro. Obviamente, unido a la liberación del deseo, aparece la posibilidad de decir “no”, de controlarse conscientemente, de inhibirse, todo ello debido a la aparición del ciclo de menstruación en la mujer y con ello a su continua disponibilidad sexual que no determina a tener que copular en un momento dado. Estamos ya en un nivel social, y no únicamente biológico. Aparecerá un control social sobre la madre, que implicará ya una sugerencia de inactividad sexual: deberá estar disponible para ofrecer al recién nacido un claustro extrauterino necesario a su inmadurez. Esto es importantísimo, pues la familia se va a configurar como el espacio afectivo, donde el niño se introduce en la sociedad y recibe las enseñanzas necesarias para ser un miembro más. La familia es entonces la base de la cultura. Esta posibilidad de decir “no”, ligada a la continua disponibilidad sexual de la mujer, es la base,  junto con el hecho de ser la familia la base de la cultura, del surgimiento del tabú del incesto. El niño pasará mucho más tiempo que la cría animal con su familia, y ésta es quizás la principal diferencia con la familia animal. Ello es debido a la necesidad de transmitir los conocimientos culturales de una generación a otra. Esto provoca irremediablemente tentaciones incestuosas, que son universales, pero que inducen su represión en pos de la cultura, de la integridad de la familia que es su transmisora. El tabú del incesto es un subproducto cultural destinado a mantener la integridad de la familia. Por otro lado, el aprendizaje del niño exige autoridad por parte del padre y cierta disciplina. Así explica Malinowski el surgimiento de complejo de Edipo.

            Los mismos antropólogos son conscientes de que todo ésto son conjeturas y las hay para todos los gustos, aunque obviamente unas son más creíbles que otras. Siguiendo con este análisis, la posición bípeda del hombre lleva a que sea el único animal que copula de frente, mirando a la cara. Esto es una fuente de consecuencias importantes: aparece una nueva relación espacio/volumen corporal, que libera el movimiento en las relaciones sexuales. El hombre tiene libertad postural. Y por otro lado, la reducción del instinto, con la liberación de la señal lleva a que el individuo se forme una representación global del otro en su mundo vital, necesaria para la reproducción. Vemos así que la sexualización del hombre conlleva tanto cambios físicos como psíquicos, con el surgimiento de la seducción consciente y de la afectividad. El bipedismo y su consiguiente “cara a cara” lleva a la sexualización del rostro, donde se realizará la comunicación específicamente humana. Otras consecuencias del proceso de liberación de la señal es su acentuación: la capa pilosa disminuye enormemente tanto en el hombre como en la mujer pero se concentra en cambio en ciertas partes: la piel adquiere valor semántico… con otros efectos: el cuerpo todo será un campo de comunicación visual y táctil: redondez de las nalgas en la mujer, forma de los pechos, en los hombres pilosidad en el pecho, etc… Y también la piel se sensibiliza, el placer se hace epidérmico, concentrándose en aquéllas áreas que por tener el valor de señales de disponibilidad-provocación atraen al contacto directo, por el deseo provocado. Aparece la caricia, que personaliza al otro, lo valoriza. Aparece también la sensualidad.

            Hasta aquí casi todos los antropólogos podrían estar de acuerdo: la sexualidad es algo específicamente humano, no reducible al sexo animal reproductor, y ello por la liberación del deseo que lleva a querer satisfacerlo y obtener placer, no necesariamente a la cópula reproductora. De por sí esto es ya muy importante, al tiempo que es muy posible que esta emergencia de la sexualidad no sea posible sino concomitante con el lenguaje, la aparición de una estructura social ya no animal, todo ello con aumento de inteligencia en el hombre y una consiguiente capacidad de autoidentificación: la sexualidad como foco de personalización, que implica reconocimiento del otro, aparición de la seducción, afectividad, de la caricia, del piropo igualmente, estando en el fondo el bipedismo y el hecho de la continua disponibilidad sexual de la mujer. De todos sabemos que la sexualidad ha sido muchas veces interpretada como búsqueda de la identidad personal, y el sexo por el sexo es precisamente eso pero sin tener en cuenta al otro. En una sociedad despersonalizada es comprensible una proliferación de la discusión sobre el sexo, porque a nivel práctico se ha problematizado. La capacidad de auto-reconocimiento es ya la aparición de la conciencia y de la psicología, con la consiguiente psicologización de la sexualidad (sensualidad).

Texto completo: EL PROBLEMA DE LA SEXUALIDAD desde una perspectiva antropológica

[1]Citado por J.Lorite Mena, El animal paradójico, Alianza, 1982, especialmente, pp.285ss. Es un interesante approach sobre la concepción antropológica actual de estos temas. Seguiremos también la aún muy actual interpretación, y que es la base de la anterior, de Malinowski in “INSTINTO Y CULTURA”, Sexo y represión…, pp.181-254,

[2]Desde un punto de vista actual, esto implica que si somos coherentes con nuestra evolución, desde el momento en que la selección psico-social, cultural e histórica básica ha liberado al hombre de ciertos resortes inoperantes, debería cambiar también la configuración psico-social de la mujer.

[3]Ibíd., p.316.

[4]Cf. Malinowski, “Celo y apareamiento en el animal y en el hombre”, Sexo y represión…, pp.192-197.

Autor: denobisipsis

Profesor de Filosofía en el IES Gabriel y Galán de Plasencia. Interesado en las nuevas tecnologías.

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