El rostro del hombre moderno (II): Oskar Kokoschka

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El impulso que había iniciado Klimt pero que por sus frustraciones personales no culminó acabando en el decorativismo de la Kunstchau de 1908, fue continuado por Oskar Kokoschka. Curiosamente nace en el ambiente creado por el último Klimt y acabará en el primer Klimt, radicadizándolo.

Sus primeros temas se centran en el niño, buscando la liberación estética en la infancia, pues el niño nos muestra revelaciones de capacidad creativa elemental, un arte primitivo. Es preciso volver a lo desinhibido, lo instintivo, donde se muestra lo específicamente humano. Así sus primeras obras: Die träumenden Knaben (Los muchachos que sueñan), donde proyecta en símbolos arquetípicos su propia experiencia de una pubertad atormentada. Transforma los inocentes sueños infantiles en las pesadillas de los adolescentes: como Hofmannsthal, utiliza el ensueño para encontrar el símbolo, el estilo, centrándose en la sexualidad.

La imagen se libera de la narración, del texto, aparecen fisuras: imagen y texto son recíprocamente evocadores, como música y palabras, pero no hay relación de subordinación. Esta misma línea la seguirá Schönberg en música, quien practicó su irrupción en la atonalidad sobre el tema del despertar sexual. El análogo de Los muchachos que sueñan es Los jardines colgantes, donde el músico proyecta una sensación típicamente machiana de flujo, de continuum, de que el límite yo-mundo es dinámico, superando ya el sistema diatónico clásico.

Kokoschka representa así tanto el instinto como la disociación, el cáos, la ruptura de la línea, el quiebre de la frase. Es ya un joven expresionista: queriendo escapar del solipsismo, a lo Andrian-Hofmannsthal, cae de sueño en sueño, y de herirse a uno mismo y a los otros pasa a un sueño de amor, de ternura, representado por una niña núbil: es la aparición de la vergüenza. Va así más allá de Hofmannsthal, y de modo más explícito al afirmar la realidad primaria del sexo. Freudianamente cabe entonces cortejar o someter. Representa lo primero en Los muchachos que sueñan, y lo segundo en El asesino, esperanza de las mujeres, trasponiendo eros en agresión. La muerte es algo que los amantes se infligen entre sí en la amargura de una pasión que contiene agresión y amor como ingredientes inseparables.

Kokoschka se convirtió rápidamente en el pintor salvaje de la Kunstchau, y como Klimt encontró rechazo en el gobierno. Esta vez el arquitecto Adolf Loos lo apoyó, amigo de Kraus. Con el mecenazgo de Loos pasó de la exploración abstracta de la vida erótica a la pintura caracterológica: el retrato psicológico. Se trataba de superar la otredad, así que la ilusión es penetrada por una especie de presencia real de vida, transmitida a través del rostro del sujeto y de la conciencia del artista en el retrato. El artista, un hombre sin normas dentro de la incomprensión, puede dar forma, y esa es su utopía, a una porción de ello por medio de su conciencia de Gesichte: rostros (objetivo) y visiones (subjetivo). Kokoschka presenta entonces la realidad como creación voluntaria de una conciencia no formada, así los retratos de 1908 a 1915. El entorno es rebajado, frente a los retratos de Klimt, pues es la psique la que crea su propio ambiente, una radiante emanación de la persona del sujeto (Hans Tietze y esposa, Herwarth Walden). En 1914 pinta La tempestad, regresando a los temas sexuales, pero ahora desmitologizados, cual autobiografía (Alma Mahler fue amante de Kokoschka). Presenta a los individuos tanto en su singularidad como en su relación mutua. Los cuerpos de los amantes yacen juntos pero la visión-conciencia de Kokoschka expresa la imposibilidad de este amor. Kokoschka, acercándose al expresionismo restablece toda la crudeza de la representación del instinto, que había iniciado Klimt, reponiendo al cuerpo como vehículo de expresión de la psique. Indagó también en la conciencia de la cultura como expresión de la soledad: es la dolorosa consecuencia del individualismo burgués, del que quisieron escapar los Enkelkinder.

El retrato de Adol Loos es el verdadero rostro del hombre moderno, que Klimt no llegó a ver, como Moisés. Kokoschka pinta a Loos en su psique, la del hombre máquina: toda la fuerza irracional de una voluntad de hierro para atenuar y mantener unidos los elementos excesivamente racionales de una poderosa personalidad atravesada por una gran tensión interior.

(Extracto de aquí)

2 comentarios en “El rostro del hombre moderno (II): Oskar Kokoschka

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